lunes, 8 de abril de 2013

Espíritu de Adopción


Decidir amar a un ser que es completamente ajeno e incluso desconocido para nosotros, es un acto auténtico de amor y valor. La adopción es una de las expresiones más hermosas de amor.

Adoptar es decidir amar. Adoptar es sentirse bendecido con la llegada de un hijo. Adoptar es comprometerse a que pase lo que pase nunca lo abandonarás. La adopción es como el matrimonio, amas y das todo a un ser que no lleva tu sangre, debe ser para siempre, en la salud en la enfermedad, para bien o para mal, en la pobreza, en la riqueza. No solo en enfermedad física y pobreza material también en enfermedad espiritual y pobreza espiritual. Nuestro amor debe ser firme en las buenas y las malas.

No cualquiera se atreve a adoptar a un niño de la calle, es una decisión muy difícil que afectará el resto de nuestras vidas.

Pero Dios nos adoptó desde antes de la fundación del mundo, con nuestros defectos y virtudes, con nuestra apariencia, color y estatura, lo hizo sin que nosotros lo conociéramos primero.

Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo. (Gálatas 4:5-7)

Pero… ¿Por qué Creador del cielo y de la tierra nos amó tanto que dio a su propio hijo para que nosotros podamos ser llamados hijos de Dios?

La respuesta nos la da Pablo en el libro de Efesios:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) Efesios (1:4-5)

La respuesta es: Por gracia. No podemos pagar nuestra adopción, pero si podemos aceptarla. Es un regalo. Nos regaló el amor más grande que puede existir… LA SALVACIÓN.

Solamente con Cristo en nuestros corazones y al Espíritu Santo obrando en cada palabra, paso y pensamiento que damos, podremos llegar ante El con la firme convicción de que el Dios Todopoderoso nos espera con los brazos abiertos diciéndonos: “hijo amado”.


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